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jueves, 22 de noviembre de 2012

MANIFIESTO POR UN COMERCIO DELICADO


Ser consumidor y ser ciudadano son actos absolutamente compatibles. Yo creo que consumir es, además, un acto político que practicamos todos los días. Aquello que compramos, a quien escogemos dar nuestro dinero, hace mover el mundo. Esto quiere decir que todos tenemos el pequeño poder de hacer mover el mundo en la dirección que queremos, cuando vamos al supermercado, por ejemplo. 

Nos falta saber como queremos que el mundo, y más concretamente el país, sean. En las últimas décadas, la masificación tomó cuenta del comercio. Las mismas tiendas y los mismos productos en todas partes. Centros comerciales cada vez mayores, cercando las ciudades y asfixiando el comercio de los centros urbanos, fingiendo calles de luz artificial y promoviendo el automóvil como si no hubiera mañana. Gran distribución cada vez más extensa y tentativa, abarcando más áreas y más nichos de mercado, los grupos empresariales a las que pertenecen cada vez más fuertes y poderosos y sin contemplaciones con la producción nacional o sustentable. ¿será así que queremos vivir?

Yo creo que existe una alternativa. Creo que un nuevo comercio no es que sea posible, sino que es indispensable. Y que ese nuevo comercio puede mudar nuestro día a día y los lugares donde vivimos, tornándolos más ricos, más curiosos, más bellos, más sabrosos, más sentidos, más prósperos y más justos. Un nuevo comercio que atiende al saber hacer, valoriza la manufactura, admite la pequeña escala, prefiere la calidad, aprecia la tradición y admira la perfección.

Un nuevo comercio que ve en sus proveedores a socios, que los considera y los entusiasma, que negocia justo y con ellos construye una relación duradera y de confianza pues comprende que trabajamos juntos para beneficio mutuo y por el bien común.

Un nuevo comercio que quiere compartir con su público un producto, pero también una historia, una identidad una experiencia única y diferente que nos enriquezca la vida.

Un nuevo comercio que se siente parte de su local y de su comunidad y por eso, siempre que la opción se presenta, prefiere lo que es nacional y lo más local posible, evitando costes ambientales de transporte, porque también se siente parte del mundo.

Un nuevo comercio que verdaderamente cree que se puede comprar menos y mejor, opta por mercancía útil y duradera y sabe que valorar un producto es la mejor forma de impedir el desperdicio.

Un nuevo comercio que tiene el atrevimiento de pensar que puede regenerar centros históricos desfallecidos y reinventar lugares olvidados, si se empeña en preservar el patrimonio con escrúpulo y desvelo, y además es capaz de probar que eso es rentable.

Un nuevo comercio que respeta a su cliente, esforzándose en un servicio atento, ofreciendo conocimiento y proponiendo precios justos.

Un nuevo comercio que cree en la capacidad de producción y en la calidad nacionales por principio, estimulando una y otra, porque sin eso no hay país que sobreviva.

Un nuevo comercio que no tiene la obsesión de multiplicarse para volverse omnipresente, y que antes prefiere crear redes, nacionales e internacionales, con socios semejantes reforzando así los nichos de mercado en que opera en una escala global.

Un nuevo comercio que cree que mirar para atrás también es una forma de ver el futuro y que la modernidad tiene más que ver con la actitud y la forma de mirar que con lo novedoso.

A ese nuevo comercio somos ya varios los que le llamamos comercio delicado. Y demostrando que no es sólo posible sino también económicamente viable. Con los pies bien puestos en la realidad pero también con el idealismo libre como una bandada de golondrinas.



Catarina Portas, empresaria, 16/08/2011, in Diario Económico

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